Memorias de un amante sarnoso by Groucho Marx

Memorias de un amante sarnoso by Groucho Marx

Author:Groucho Marx
Language: es
Format: mobi, epub
Published: 2009-03-11T00:00:00+00:00


6. ENTRE EXTRAÑOS MEDIUMS

Hace años, cuando vivíamos en el South Side de Chicago, dicho barrio se había hecho bastante populoso.

De entonces a acá la mayor parte de los nativos adinerados han emigrado, desplazándose más al sur o tomando las carreteras del North Side, que, si uno se descuida, pueden conducirle hasta las cercanías del polo.

A medida que sus grandes mansiones fueron enmoheciéndose y arruinándose, avanzó su invasión por parte de sastres, fontaneros, corredores de fincas, doncellas equívocas y otros personajes de pareja alcurnia.

En uno de aquellos caserones se albergaba una señora dedicada al espiritismo.

Su publicidad alcanzó los más recónditos lugares del South Side.

No recuerdo textualmente el contenido de sus prospectos, pero recuerdo que estaban redactados en un tono confortante.

En grandes letras escarlatas, venían a decir: `¿Le gustaría comunicarse con sus seres queridos que ya no pertenecen a este mundo? Recuerde que la persona a quien amó le echa de menos.

Permita que le ayudemos a comunicarse con ella.

Damos respuesta a cualquier pregunta acerca del futuro.

Consulta diaria de 8,30 a 11 de la noche, en Mystic Hall'.

Seguí la dirección y firmaba `Madame Ali Ben Mecca, Supremo Exponente de las Ciencias Ocultas de Arabia'.

Mi pasada experiencia y mis largos años de trifulcas domésticas me indicaban que pronto o tarde me vería obligado a asistir a una de aquellas sesiones de espiritismo.

Realmente, hubiera sido más inteligente consentir en ello a la primera insinuación.

Así me hubiera ahorrado varias semanas de peloteras, recriminaciones y altercados.

Llegamos cuando la sala, espaciosa y sombría, estaba ya casi llena.

Sobre el altar había dos urnas en las que quemaban incienso.

Era un olor de los más peculiares que he conocido.

Mis años de actor de vodevil me permitieron identificar al momento aquella mezcla de olores, que correspondían, por partes iguales, a opio, coliflor y excremento de perro.

Mi primer impulso fue desmayarme.

No obstante, mi acompañante femenina, veterana en muchas guerras sin cuartel y habitual de las liquidaciones de gangas, me acomodó rápidamente en un taburete y se puso a abanicarme.

Tuvo algunas dificultades, pero al fin, consiguió reanimarme a base de puntapiés en las canillas.

Mientras me sacudía como un perro de Terranova cuando sale del agua, pude ver ante el altar a un zombie alto y anémico, que vestía uniforme de general ruso y cubría su cabeza con un gorro de seda que alargaba aún más su figura.

El zombie nos previno de que habíamos de ser pacientes.

Con entonación aterciopelada, nos explicó que, antes de aparecer, Madame había de sintonizar su ectoplasma con el mundo de los espíritus.

Siguió diciendo sandeces del mismo estilo durante un rato, mientras el humo de las urnas iba llegando hasta mí con efectos soporíferos.

Pero mi compañera, por su parte, estaba resuelta a mantenerme despierto.

Cada vez que inhalaba una bocanada de aquella aromática porquería, daba una cabezada, e, inmediatamente, mi pareja me propinaba una patada en la espinilla.

Al poco rato, además de sentirme intoxicado, tenía los tobillos doloridos y llenos de hematomas.

De repente, resonó el batir de un címbalo y la Madame de Arabia apareció en toda la magnificencia de sus ochenta kilos.



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